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Wálter Morales Carrasco / Vicepresidente del Colegio de Economistas de Santa Cruz

Una de las variables en la ecuación de crecimiento económico la constituye la Inversión, cuyo componente externo tiende a ser fundamental para coadyuvar al desarrollo, más aun hoy en día cuando los fenómenos de la globalización y la competitividad son innegables.

La Inversión Directa Extranjera (IDE) es no especulativa y está comprometida hacia el largo plazo, debiendo ser diferenciada de la inversión de portafolio, que busca principalmente rendimientos rápidos.

Aunque aún existan cuestionamientos sobre las multinacionales, la evidencia es mucho mayor en cuanto a lo positivo, sobre los negativos casos aislados, que más bien se deberían a eventos fortuitos o a esquemas de regulación débiles que han permitido excesos. Dichos beneficios, no solo cuantitativos, por el flujo mismo de recursos, sino cualitativos, en las positivas externalidades que pueden obtenerse, como el conocimiento y la innovación, que tienden a generar rendimientos crecientes y por ende efectos multiplicadores para estructurar círculos virtuosos. En tal sentido, resulta beneficioso contar con inversores externos que apuntalen el desarrollo de las economías, motivo por el cual la gran mayoría de países pugnan por atraerlos.

Según datos de la CEPAL, la IDE que llegó a Latinoamérica en 2016 alcanzó 176,043 USD millones, de los cuales, Bolivia captó menos del 1% y la tendencia viene siendo preocupantemente decreciente. Al revisar los datos de Balanza de Pagos sobre la evolución de la IDE en nuestro país, encontramos que persistentemente concentra aproximadamente 2/3 en Recursos Naturales (hidrocarburos y minerales). Aunque si bien, el promedio de la industria manufacturera de los últimos 10 años representa un interesante 13%, resulta muy volátil. Por otro lado, Servicios es inconsistente o casi inexistente. Al hablar de IDE neta (entradas – salidas), USD 410 millones en 2016, representan apenas 1% del PIB. En términos reales, de las más bajas en nuestros 35 años de historia democrática, que resulta señalizador, porque no sirve de mucho atraer, si más del 60% de la poca que llega, se va, durante el mismo periodo.

Al respecto, debemos decir que los factores determinantes de IDE son vectores con características estructurales y coyunturales, que tienen mucho que ver con la historia, contexto y ventajas de localización (para el inversionista) propios de cada país; que, en nuestro caso, no son demasiado atractivos. Sin embargo, se pueden trabajar. Porque además, se debe tener capacidad de absorción y direccionamiento hacia sectores que dinamicen y generen los mayores beneficios.

El trabajo en una marca país con coherencia y consistencia debe ser un imperativo, puesto que la IDE no está necesariamente reñida con ningún modelo o visión de política pública. Ejemplos sobran, China y los tigres asiáticos, al igual que el resto de los emergentes, cuyas tasas de crecimiento nadie niega que guardan relación con su alto grado de inversión: pública y privada. En nuestro país, actualmente, los niveles son remarcables y si se mantuvieran, sumada a un importante componente IDE, lograríamos ratios de formación bruta de capital fijo en torno al 26% del PIB para obtener tasas de crecimiento económico superiores al 5%, asintóticas al nivel potencial y dar saltos cuánticos.

Es uno de los desafíos que hoy se reconocen, en un entorno en que las otras variables al crecimiento se debilitan. Por tanto, hay que trabajar en complementariedad y convergencia, no en antagonismos. Inteligencia y pragmatismo, no dogmas sin sentido.

Walter Morales Carrasco, es Vice-Presidente del Colegio de Economistas de Santa Cruz.

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